Historia
La carta que obligó a Seiko a construir un reloj para el abismo
El Seiko “Tuna” no nació de una reunión de marketing ni de la nostalgia por un modelo antiguo. Nació de una queja: la de un profesional que necesitaba que su reloj siguiera funcionando allí donde los relojes normales dejaban de ser herramientas.

Una carta desde el mundo real
En 1968 llegó a Seiko una carta poco complaciente. La enviaba Yo Oshima, un buzo profesional de Hiroshima que trabajaba en operaciones a profundidades cercanas a los 350 metros. Su mensaje, en esencia, era sencillo: los relojes de buceo disponibles no estaban hechos para el trabajo que él realizaba.
A esas profundidades, el problema no era solamente soportar una cifra de presión escrita en una esfera. El buceo de saturación exponía el reloj durante largos periodos a atmósferas presurizadas ricas en helio. El equipo debía ser legible, resistente a golpes, fácil de usar con guantes, seguro frente a enganches y fiable durante una descompresión. Un reloj podía presumir de hermeticidad y aun así fallar en el entorno para el que supuestamente había sido creado.
Seiko decidió no responder con una mejora cosmética. Taro Tanaka, figura clave del diseño de la compañía, encabezó un proyecto que obligó a mirar el problema desde cero. El equipo fue a Kure, habló con profesionales y estudió cómo trabajaban realmente los buzos. Esa decisión marca toda la historia del Tuna: antes de dibujar una forma, había que entender el uso.
Siete años para dejar de pensar como un relojero
El resultado apareció en 1975: el Professional Diver’s 600m. A primera vista parecía excesivo, casi hostil. Caja monobloque de titanio, una gran protección exterior, cristal profundamente resguardado, corona a las cuatro, bisel protegido y una correa de poliuretano con pliegues capaces de acompañar la expansión y contracción del traje de buceo.
Cada elemento respondía a un problema. El titanio combinaba resistencia, ligereza y comportamiento frente a la corrosión. La caja monobloque eliminaba una vía potencial de entrada. La coraza exterior protegía el conjunto de impactos. La corona quedaba menos expuesta a golpes y a la muñeca. Hasta la correa, que podía parecer un detalle menor, estaba pensada para un entorno en el que el grosor del traje cambia con la presión.
El reto del helio fue todavía más radical. Mientras otros enfoques buscaban liberar el gas que conseguía entrar en la caja, Seiko persiguió una construcción tan poco permeable que redujera drásticamente esa entrada. Años después, ensayos con JAMSTEC mostraron que el Professional Diver’s 600m podía ser hasta diez veces menos permeable al helio que otros relojes comparados. No era una solución añadida al reloj: era una manera distinta de concebir la caja.
El océano como laboratorio
Un reloj de 600 metros podía impresionar en un catálogo. La prueba interesante era otra: ¿qué ocurría cuando se le pedía mucho más? En 1983, dos ejemplares del Professional Diver’s 600m fueron fijados al exterior del sumergible Shinkai 2000 de JAMSTEC. Descendieron hasta 1.062 metros, muy por debajo de su especificación nominal. Volvieron con la legibilidad, la precisión y el exterior intactos.
La historia no terminó allí. En 2014, Seiko volvió al océano con JAMSTEC y el vehículo KAIKO 7000II. Un Tuna de cuarzo dejó de funcionar a 3.284 metros. El automático SBDX011 siguió descendiendo hasta 4.299 metros. No eran profundidades para las que esos relojes hubieran sido vendidos. Eran la clase de pruebas que transforman una especificación en reputación.
Cuando la función termina dibujando un icono
El apodo “Tuna” llegaría por su silueta, parecida a una lata de atún. Lo que pudo haber sido una burla terminó siendo un nombre de culto. Y tiene sentido: el reloj nunca intentó parecer elegante según las reglas tradicionales. Su belleza apareció después, cuando los aficionados entendieron por qué tenía esa forma.
Eso es lo que vuelve especial esta historia. El Tuna no nació porque alguien quisiera crear un reloj diferente. Nació porque un buzo escribió diciendo que lo existente no era suficiente. Siete años después, Seiko respondió con un objeto que parecía extraño precisamente porque había dejado que el problema dictara la forma.
En relojería abundan los diseños que buscan ser reconocibles. El Tuna recorrió el camino contrario: primero tenía que sobrevivir. El icono llegó después.